domingo, 12 de mayo de 2013

¡Nervios, nervios!

Eso, nervios. Es lo que se siente cuando estás a punto de terminar una nueva novela, un nuevo hijo que parece que has dado a luz tú misma después de una trabajosa gestación. Muy pronto espero poder dar buenas noticias sobre ella, ya que creo que hasta ahora es del trabajo que más contenta me siento. Mientras tanto, como está siendo ya habitual, dejo un fragmento de la novela Novalise que por estas fechas el año pasado estaba concluyendo, a punto de ser registrada. ¡Disfrutad y cruzad los dedos por este pequeño recién llegado que está a punto de ver el mundo!

"Estaba mirando por la ventana de la torre más alta. Miraba la ciudad mientras el crepúsculo 
devoraba el horizonte y hacía morir a la luz, digiriéndola y escupiendo pequeñas estrellas de fulgor radiante. Ella apoyó la frente sobre el cristal, pensando que su esperanza estaba desvaneciéndose al peligroso compás de aquel atardecer.
Una de las normas más férreas era que no podía mantener lazos con nadie. No debía amar ni ser amada. Debía mirar el mundo como desde aquel torreón, desde la distancia y sin inmiscuirse en la vida de nadie, puesto que no podía arriesgarse a que la apreciasen o a sufrir a través de personas que la abandonarían por el envejecimiento o las enfermedades que ella jamás padecería, manteniéndose intacta por la edad y la enfermedad.
No tenía amigos. Habían matado a su madre. Su padre no la quería. Estaba sola, tan sola que hubiese llorado por pena hacia su persona.
¿Por qué tenía que ser diferente? Ser normal le parecía que era lo correcto, lo bueno, lo deseable: el mundo estaba plagado de personas normales y sólo había dos inmortales, habiéndose extinguido los demás, lo cual era un hecho irrefutable para su teoría de que no deberían existir. Dijion siempre le había enseñado que ella era especial y que los demás eran simples y del todo efímeros y predecibles, que eran copias como gotas de lluvia, mientras que ella era única, eterna y con unas posibilidades como jamás se habían visto en el mundo ni se verían.
Le daba igual ser inmortal. Tampoco quería que la admirasen ni la temiesen por su asombroso poder único. 
En aquel momento, mirando el mundo a través de un cristal, lo único que quería era atravesarlo y buscar una sola persona de entre tantas que solamente quisiera abrazarla, que aquellas gotas de lluvia la empapasen con su calidez…"

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