jueves, 1 de marzo de 2012

Balance

Cada año, por esta época, me da por escribir alguna entrada para hacerme un resumen de lo que he vivido a lo largo del año, quizá simplemente porque todo lo que no me da tiempo a escribir día a día no caiga en el olvido. Así a vista de pájaro, ha sido una época agridulce, llena de matices sumamente felices y de momentos tristes... vamos, como en una vida estándar cualquiera.
Sin embargo, aunque el año pasado por estas fechas estaba debatiendo fervientemente mi postura de encontrarme en la carrera que había escogido, eternamente sumida en ese estado de melancolía insoportable de la búsqueda de algo que no llegaba que incluso me llevó a una leve sensación de tristeza estúpida que conllevó aislamiento y abstración mental. Sí, recuerdo muy bien que el primer año de carrera hubo un tiempo en el que llegaba a clase (cuando todavía iba todos los días) y me sentaba en una fila sola, absorta en mis pensamientos y elucubraciones, en mi mundo de fantasía y sin la necesidad de presencia alguna; de hecho, me hastiaba un tanto conversar con gente de trivialidades que detestaba. En cierto modo siempre he sido un poco así, pues nunca me ha importado hacer cosas sola, pasar tiempo sola o no relacionarme: puedo ser extremadamente sociable pero en el fondo tengo una personalidad de ermitaña que no puedo evitar, supongo que tendrá algo que ver con la enorme exigencia que impera en mi forma de relacionarme.
Sin embargo, este año no ha habido días de facultad ni mucho menos. Terminé la carrera y han sido unos meses de cursos, de estudios abocados al fracaso y a algo desafortunadamente normal en este país: el paro. Ha sido un paso de la sensación de plenitud por concluir una etapa de mi vida a sensación de fracaso por ser una mantenida por una familia desestructurada, sin ocupación y horas libres que transcurren sin ningún aliciente. 
Por otra parte, ha sucedido lo impensable: he vivido la cara amarga y maravillosa del sentimiento del amor. Aunque mi faceta dramática decía que jamás lo conseguiría, que todo sería una sucesión de rostros sin sentimientos, logré que la muralla de hielo que me recubría se resquebrajase y dejase entrar a alguien. Al principio tuve miedo: la sensación de estar expuesta a una persona que sepa cómo eres en verdad es peligroso.
No tenía ni idea de cuánto.
La parte amarga de todo es que precisamente el poder que ejerce una persona puede destrozarte. En cierto modo, me arrepiento muchísimo de haber bajado las defensas de mi muralla perfecta, puesto que la brecha hizo que el muro se destruyese. Aconsejo a la gente que se ha dedicado durante años a fabricarse un disfraz que jamás se lo quite delante de alguien que no le convenga, ya que lo usará para dañar, solamente para hacer daño. Es un poco duro decir esto... pero me arrepiento de haberme enamorado. 
Es muy feo. Es horrible. Pero los momentos buenos no compensan los malos. Mi verdadero balance de este año es que aunque todo parezca idílico, la felicidad se esfuma en un solo segundo y la desgracia perdura durante mucho. Te miras en el espejo día a día y te preguntas qué pasó con la persona fuerte que conocías, la feliz, la que te era familiar y admirabas. Como último apunte, daré un consejo: no os enamoréis. Es lo peor que podríais hacer... y a la vez lo mejor. 

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