domingo, 9 de octubre de 2011

Eterno invierno

Hoy he tachado un día más de mi calendario, viéndolos pasar como si los mirase sin mirarlos, sin fuerza, sin sentido. Me quedo mirando por mi ventana, viendo transcurrir las nubes, sin prestar atención a las formas que me dedican, como si no me importasen, sin poder apreciar un ápice de belleza entre tanta insensibilidad. Alba, ocaso, lluvia y sol. Ya me da igual; ya ni siquiera parpadeo: mi sol se ha marchado.
Todo ha dejado de tener sentido de repente. No sé qué pensar, ni qué sentir. Las hojas del otoño se han caído en el otoño de mi vida, resultando inservibles a la espera de un crudo invierno, donde simplemente no hay nada, solo ramas desnudas a merced de la ventisca. No sé qué sentir... No sé si sentir odio o pena, si rendirme o seguir contemplando la lucha perdida, tan perdida como la de la primavera y el frío, como la lluvia y el azúcar, como mi corazón y tu pie al pisarlo: mi sol no va a volver.
Me veo viviendo mi vida desde un rincón del techo de mi habitación, mirándome desde arriba, gritándome con voz muda que despierte y busque la luz... pero el sueño soy yo. No despertaré, seguiré viviendo un transcurrir de días sin sentido, una sucesión de horas sin tu presencia, siendo fuerte y débil a partes iguales, esperando y rindiéndome, muriendo y resucitando. Y entre resurrecciones pienso por qué esa yo a la que miro está sonriendo si su sueño la contempla y llora, llora tan muda como su voz, lanzando deseos frustrados al aire, deseos de tus palabras, pero que se las lleva el viento del invierno que fuera azota el paisaje inerte que contemplo sin pestañear.
Nada me parece bueno. Nada me parece malo. Simplemente, nada es suficiente, no tanto como cuando brillaba mi sol.
Ojalá quedase una primavera cerca, pero ahora mismo, sin su calidez y luz, todo me parece un eterno invierno.

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