jueves, 7 de abril de 2011

A mi preciosa princesa

Mi niña... Mírate.
Eres una pequeña mota de polvo flotando en un universo demasiado complejo. No tienes cabida ni lugar; demasiado insignificante como todos los demás, fugaces en exceso y de corta existencia, como suspiros del tiempo que contemplan pasar con rauda parsimonia. Eres mortal y frágil; con solo un roce se cortan los hilos de tu vida; con solo un soplido algún componente de tu cuerpo falla si es que éste no se rebela contra ti.
Mi niña... Qué lástima.
Has venido al mundo en un momento que ni tú ni nadie comprende. Estás rodeada de nada y crees que lo tienes todo. Las cosas deberían ser sencillas, pero los de vuestra calaña se empeñan en hacerlo difícil: os separáis, os discrimináis, os herís e incluso os matáis. Solo creáis para destruir, solo vivís para morir.
Mi niña... ¿Por qué tú?
Contemplas desde la ventana el que dicen que es el amanecer de la vida, pero nunca sabrás cuándo el cielo se teñirá de ocaso. Y, sin embargo, no cesa tu empeño de quedarte a mirar cómo se mueven las nubes en vez de intentar tocarlas. 
Pequeña, princesa mía, ¿a qué esperas?
Sé que tu interior se debate entre la insignificancia y lo extraordinario; ya sabes que tu complejidad radica en tu sencillez. Límitate a sobrevivir y no a soñar; los sueños son necesarios, pero estancarse en ellos es un fracaso de necios: mucho mejor es trasladarlos a la realidad. Y, aunque la realidad te parezca deprimente, aunque te resulte molesta, viciosa, repulsiva, innecesaria e incluso aborrecible, ten por seguro que eso depende en gran parte de ti.
Mi preciosa princesa, llena tu vida del esplendor que irradian tus ojos. Porque, por muy corta, banal y sin sentido que llegue a ser una vida humana, será siempre única e imposible de ser imitada. Cada huella es distinta, cada mirada es distinta... y la tuya, oh, mi maravillosa niña, es la más bella que he visto jamás...

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