sábado, 5 de febrero de 2011

Una chica cualquiera

Érase una vez, una charca. Era una charca cualquiera, pese a que todos dijesen lo contrario, pues no existía diferencia alguna con el resto de charcas del mundo...
Excepto una cosa.
Decían que en esa charca, vivía un sapo que, al besarlo, se convertía en príncipe; un príncipe tan apuesto y maravilloso que la mente no abarcaba a imaginar.
Una chica cualquiera, una que no se diferenciaba en especial del resto de chicas del mundo, pensó que merecía la pena probar suerte: había conocido muchos sapos que se habían hecho pasar por príncipes, y estaba cansada de ser engañada.
Así pues, se aventuró a acudir a la charca, la cual, en efecto, era como todas las demás. Vagó por el lugar, buscando un sapo que le pareciese más majestuoso, más lindo o más humano que los otros; no obstante, todos le parecían iguales. Pasó el resto de la tarde llevando a cabo algo drástico: se propuso besar a todos los sapos de la charca hasta que uno de ellos se transformase ante sus ojos, deslumbrándola con su encanto, maravillándola con su belleza, haciéndola la chica cualquiera más feliz de la Tierra.
Tras horas y horas de esfuerzo, con los labios ya marchitos y las rodillas rasgadas, desilusionada, se marchó. La chica cualquiera, con lágrimas en los ojos, llegó a la conclusión de que solo existían sapos y que las leyendas de bellos príncipes que iluminaban la vida de chicas como ella eran eso, solo leyendas...

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