miércoles, 9 de febrero de 2011

Fisiología de la ausencia


Es difícil expresar algo así. Parece como un agujero en el pecho, justo en el centro, como una ausencia que duele muchísimo. Durante la mayoría del tiempo es fácil fingir, es sencillo ocultarlo. Incluso llegas a olvidarte de ello y piensas que no existe, y posiblemente te planteas con esperanza si ha desaparecido. Pero no.
Entonces es cuando tomas conciencia del dolor, y parece que el centrarte en él lo alimenta y le da fuerzas, porque redobla su intensidad y no tienes más opción que doblegarte ante su presencia.
Te deja el cuerpo como vacío, como si no quedara en él una sola víscera, como si se hubiese derramado toda tu sangre y no fueses más que un saco sin relleno de solo piel y algunos huesos. Toda esa piel, esa que es lo único que parece quedarte, no te hace ningún favor: parece que, como precio por seguir ahí, te enviase toneladas de dolor. Pero eso no es nada. Eso se puede soportar.
Lo que no puedes aguantar es tu cabeza. De repente, se vuelve estúpida y se bloquea, seguramente por la cantidad de preguntas que no puede contestarse que se hace en tan poco tiempo: ¿por qué yo? ¿Qué he hecho mal? ¿Es mi destino? ¿No soy lo bastante buena? ¿Me está prohibido? ¿Hasta cuando seguirá?
Entonces, sin contestación ninguna, tu mente se desespera y cae en la irremediable conclusión de que todo está perdido y que es inútil. Te quedas sin fuerzas, sintiendo una quemazón de amargo sufrimiento ascender desde tu encogido estómago hasta tu garganta… y se crea el nudo.
El nudo que parece ser una membrana en forma de bola que contiene un torrente salvaje de lágrimas.
Y, como tu mente está débil y atormentada, baja de ánimo y desolada, la membrana se rompe y empiezas a llorar.
A veces dura mucho rato, e incluso tienes que comprobar tu aspecto en el espejo para que nadie te mire por sorpresa y tu rostro te delate. Llegas a gemir o a intentar gritar, pero desahoga un poco el nudo al menos. Aunque, sobre todo, parece que está echando fuera una parte del pus que ese agujero en el pecho está supurando al mismo tiempo que te envenena con él.
Si dura poco, puede ser bueno o malo. Bueno porque nadie te descubrirá y podrás seguir fingiendo dureza con esa fachada que tanto te ha costado fabricar. Malo por no ser suficiente para echar fuera los restos de tu amargura, dejándolos concentrados dentro de ti para que en otra ocasión vuelvan a infectarte.
Pero pasa. Hasta la próxima vez, ya que nunca acabará esa desazón. Te acompañará siempre… hasta que tu mente sea capaz de dar respuesta a esas preguntas en blanco.

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