miércoles, 9 de febrero de 2011

Crónicas desde la cárcel

Ante todo, soy inocente. Yo no debería estar en cárcel alguna, es más, ni siquiera sabía que se trataba de eso cuando me trajeron aquí. Creedme o no, pero reitero mi inocencia.
Mi cárcel no es como las cárceles que podríais imaginar. Mi cárcel no tiene barrotes, sino paredes. Tiene puertas sin cerraduras y ventanas que muestran un paisaje idílico y veraniego. Todo un lujo para ser una prisión... pero no.
Vivo con un carcelero, otro preso y el típico perro que tiene las llaves en la boca pero que nunca te las da. El carcelero es inflexible, y tiene muchos cambios de humor. Él puede salir siempre de la cárcel, pero prohibe a los demás que lo hagan sin su beneplácito, pues adora ver la cárcel a rebosar de prisioneros... supongo que, a veces, lo hace porque el trabajo de carcelero es muy solitario y le gusta la compañía. Sin embargo, aunque tiene su buen fondo, no posee autoridad alguna.
El otro preso es el ejemplo de su poca autoridad. El otro preso es la encarnación del pecado capital pereza. Le gusta que la cárcel huela a quemado, denotando así una faceta de pirómano que desconocía en todos sus días de reclusión, pero lo que más le gusta son dos cosas: desafiar al carcelero y no hacer nada. Y si no haciendo nada de paso consigue molestar a alguien más, se retuerce de satisfacción. El otro preso puede que no sea malo, aunque lo parezca. Simplemente está atrapado en las circunstancias y en sus hormonas. Cree que lo sabe todo pero cuando abre la boca solo pronuncia palabras vacías, y cada vez que hace algo se desprestigia a sí mismo puesto que nunca acaba su tarea. Le importa un bledo las órdenes del carcelero, de modo que lo enfurece a menudo, rebotando su mal humor contra mí, que permanezco aquí calladita en mi celda.
A veces, salgo de mi prisión. El otro preso también lo hace. No obstante, he descubierto que es mejor ser malvado, arrogante y estúpido para que no te echen nada en cara: cuando has sido tan buena, de pronto te miran mal por pensar un poco en ti. Al otro preso no le dicen nada, no lo miran mal. A mí sí, y el carcelero cuando vuelvo me hace sentir culpable, sobre todo cuando grita y demuestra que él y no yo es la víctima.
Es una cárcel compleja. No tiene barrotes, pero los gritos y el rebote de culpabilidad del carcelero es un método efectivo anti-fugas. No puedo hacer nada por escapar, a no ser que me escape o que ese dichoso perro me entregue las llaves de la libertad de una vez por todas...

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