jueves, 10 de febrero de 2011

Carta a un amor perdido


Amor o no amor mío:
Exactamente no sé lo que eres, pues, para definirte, antes tendría que dar explicación a por qué lo eres o no. Creo que mil veces han sido pocas, seguramente fueron millones, en las que he intentado comprender cuánto significas para mí y en qué medida, pero créeme: ponerte nombre es lo más duro que he hecho hasta ahora.
¿Por qué no debería pensar en ti? Tengo millones de razones, siendo la más importante que sé que no me aprecias como yo a ti. Si me quisieras, o si solamente albergaras un atisbo de duda sobre ello, querrías estar a mi lado. Pero no lo estás. Nunca lo estás.
Siempre espero de ti miles de actos y de palabras, pero al final te quedas estático y mudo frente a todas mis frustradas expectativas. Muchos creen que tu actitud puede estar influida por la timidez, pero sé que te mantendrás a mil pasos de distancia no por tal motivo.
Sé que yo soy a razón, yo y mi estúpida muralla que te hizo rebotar contra ella cuando querías atravesarla. Lo admito: fuiste muy valiente. Solo me queda ahora la espantosa duda de lo que pudo haber sido y no fue solo por lo que he creado de mí. Si pudiese volver atrás, valoraría un poco más ese instante; entiendo, pues, que herido en tu orgullo no te plantees volver a intentarlo. Yo tampoco lo haría; de hecho, soy lo bastante cobarde como para ni tan siquiera hacer amago de dar un paso adelante.
Fastidié nuestra historia sin comienzo, dándole un fin insatisfactorio antes de que empezase. Y confieso que es mía toda la culpa. Sin embargo, tus contradicciones me sacan de quicio, tus defectos me hastían. Y, luego, me pregunto: ¿por qué demonios lo escogí precisamente a él, a él que jamás será lo que esperaba?
¿Quieres saberlo? ¿Sabes por qué, pese a los inconvenientes, las frustraciones, las dudas, la desesperación y los miles de detalles que no tienes, te di la oportunidad? Porque tenía la esperanza de que fueras tú quien me ayudase, después de tanto, a deshacerme de mi coraza. Tenía la absurda fantasía de que por fin alguien me enseñase a sentir, y no solo a fingir que siento. No obstante, las esperanzas son en vano y las fantasías un simple engaño. Quería que me salvases… pero supongo que ya no merece la pena.
Por esto, por saber que fui yo la culpable de haber despreciado lo que me brindabas y no dejarme llevar por miedo, no puedo reclamar justicia. Es lo correcto que me debata y me torture, pues otra cosa no merezco: solo fui una pobre niña tonta y cobarde, y ahora lo sigo siendo solo que arrepintiéndome por ello.
Sin más, he llegado a la misma conclusión: no te amo, pues no lo hago, y, si fuese así, no podría reconocerlo al no haberlo sentido nunca. Pero sí que esperaba que fueses tú el enviado, el que por fin hubiese venido a rescatarme de mis propias garras. Me gustaría pedirte que lo intentaras… pero qué más da.
Los caballeros andantes se esfumaron; los príncipes azules se volvieron grises. Eras mi esperanza. Ahora solo me torturas porque te deseo y por ese beso que nunca nos dimos y que murió antes de nacer.
“Te quiero”, no lo sé… diré mejor: “ te podría haber querido”.


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