sábado, 10 de abril de 2010

O esperas o renuncias

Dos opciones: o esperas o renuncias.
Espero renunciando. O renuncio esperando, no lo sé. Esa es mi opción. Porque estoy esperando, he esperado… pero no estoy segura de seguir queriendo hacerlo.
Por ello, renuncio.
Pero luego, cuando ya he dado todo por perdido, me doy cuenta de que secretamente sigo esperando. ¿Tiene esto alguna lógica?
No, por supuesto. Nada la tiene, sino, en mi espera habría encontrado lo que estaba aguardando o habría renunciado tajantemente y para siempre.
Y dicen que si esperas nunca te llega lo que deseas. Entonces nunca me llegará, porque no puedo dejar de esperar, porque no quiero creer que deba acogerme a la desalentadora opción de renunciar.
Y, hasta que no aprenda a olvidarme de la espera, sé que no tendré lo que anhelo. Pero… ¿cómo renunciar del todo, cómo olvidar, si sigo teniendo esperanzas escondidas en mí?
Las esperanzas alimentan mi capacidad de espera. Pero no debo esperar. He renunciado esperando.
Renunciar es la rendición, y no quiero tirar la toalla. Debe quedar algo para mí que esté por llegar.
Ilusa, sí. Pero quiero creer. Aunque creer es tener esperanza, y ésta es alimentar la espera.
Dios mío… estoy condenada a esperar a ese rayo de luz del que he oído hablar pero que nunca he visto con mis propios ojos y que jamás ha entibiado mi piel.
Esperando a un fantasma, vano recuerdo vacío de algo que no puedo recordar por no haberlo vivido.
Qué locura. Sin duda, lo mejor es renunciar. Renuncio… esperando, con esperanzas alimentadas por la creencia de la no-rendición.
Rectifico: lo mejor es olvidarse y seguir sin pensar.

1 comentario:

  1. Las personas que no son ignorantes, como tú, serían infelices si se supiesen ignorantes. La despreocupación es más fácil y más aconsejable para alcanzar. Pero para eso, tienes que darle importancia a aquello que lo tiene y saber descartar aquello que no es importante. Ahí radica el secreto.

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