viernes, 26 de marzo de 2010

Para ti

Hoy no tenía que levantarme pronto. El sol entraba por las rendijas de la persiana, trazando hilos de luz: el día estaba fuera, bañado en vida; yo seguía casi en letargo, aspirando los últimos retazos de la noche. Mi mente estaba en blanco; mi vida parecía en paz en aquella burbuja, bajo aquellas sábanas que aún irradiaban calor.
Y frío. También irradiaban frío. Frío porque no estás.
Mi memoria vacía te recordó de golpe, impactando tu recuerdo contra ella con el ímpetu de una embravecida ola sobre las rocas una noche de tormenta. Estiré la mano, pero no había huellas de tu presencia en el colchón, ni en mis labios, ni en mi piel. No quedaban restos de tus caricias, ni de tus suaves cosquillas. Contemplé el tibio infinito del alba de tu ausencia y sin quererlo te eché de menos, y eso que no sabía lo que era echarte de más.
No quedaba nada de ti porque nada había sucedido. Solo en mi pensamiento, en los sueños que se evaporaban con el vaho de la realidad. Las huellas de tu presencia en el colchón, en mis labios, en mi piel; los restos de tus caricias, de tus suaves cosquillas... eran una mera quimera de mi imaginación en una mañana en la que no tenía que levantarme pronto.
Seguía sintiendo el frío. Me levanté, abrí la ventana, el sol cegó mis pupilas. Hacía calor, pero la brisa me traía el rumor de tu nombre y seguí sintiendo frío.
¿Por qué? ¿Por qué no estabas? ¿Dónde podías encontrarte? ¿Pensabas en mí? ¿Sentías el mismo frío por no tener las huellas de mi presencia en tu colchón, en tus labios, en tu piel... por no quedar los restos de mis caricias y de mis suaves cosquillas?
Lancé un mudo grito que es obvio que no podías oír. Te llamaba... te llamaba para que pudieses llenar de tu calor el mundo de hielo donde su diosa te echaba de menos aunque no sabía lo que era echarte de más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario