lunes, 8 de marzo de 2010

Estás en un callejón sin salida

Dicen que el destino está detrás de todas las cosas.
A lo mejor está escrito que estés con una cierta persona o que no lo estés: el destino, el tuyo que ya es irremediable, te hace tomar las decisiones oportunas que te llevan a cometer estupideces para alejar a esa persona en cuestión de tu vida o, por el contrario, te labra el camino para que todo sea mucho más sencillo, así, sin más, como si fueses un actor leyendo el guión de tu vida. Cuando decides tomar una dirección en vez de otra es por causa de esta fuerza universal que te empuja, ¿no? O si rechazas a alguien sin saber por qué y aceptas a otra de repente cuando no te explicas la razón será por algo, ¿verdad?
Otra explicación se queda corta.
Lo malo es que te empeñes en contradecir al destino.
Uh, muy mala idea.
Pero mucho peor es cuando haces lo imposible por revertir su poder cuando te entrega algo bueno y, por arte de magia y a causa de tu mente y tus ideas de lo más retorcidas, por mucha buena fe que tengas, acabas en un callejón sin salida del que ni ese destino tan todopoderoso puede sacarte.
Amigos míos, el destino a veces trae cosas buenas, casi tanto como malas.
Pese a todo, confieso que no creo en el destino. Supongo que todo sería muy aburrido si existiese un plan preconcebido, pues seríamos como esos pobres personajes de las novelas que, hagan lo que hagan, tienen una finalidad explícita, a veces lamentable o desalentadora. Todos nos buscamos nuestros éxitos y fracasos por nosotros mismos, poco a poco, con cada detalle y con cada decisión. Yo me he buscado los míos; tú te has ganado a pulso los tuyos.
Acabamos donde nosotros mismos nos hemos dirigido. Todos tenemos lo que nos merecemos, incluso si terminamos sin remedio en ese callejón sin salida, lamentándonos por no poder escapar. Nadie va a salvarnos, nadie excepto quizá el arrepentimiento.Ojalá pudiese decir que tomé la decisión correcta, sin embargo no hay un día que pase sin arrepentirme de no haber tomado una opción diferente... a lo mejor ahora no estaría encerrada y podría echarle la culpa al destino de mi fracaso casi tanto como del tuyo.

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