lunes, 8 de marzo de 2010

Crónicas de un muro inexpugnable

A veces vuelvo la vista atrás y leo de nuevo las páginas del pasado. Solo me hablan de un tiempo lejano que me parece ajeno, confuso, que pretendo olvidar.
Y, cuando a veces caigo en el error del recuerdo, la misma pregunta aparece: ¿cómo podía estar tan íntegra en la realidad y tan destrozada en las letras? La respuesta es que aprendí una lección importante, aprendí un viejo truco que me salvó pero que, con el paso de los días, se convirtió en una terrible maldición.
¿Cómo podía saber que el muro que había alzado contra el dolor, firme y solemne, sin entradas ni salidas, sin puntos débiles y tan sólido, tras haberme protegido iba a volverse en mi contra, encerrándome por siempre? ¿Cómo vaticinar que una vez la sombra de la amargura se hubiese desvanecido en el horizonte de los días pasados seguiría intacto, como el primer día?
Sin duda, fui una buena arquitecta.
Recuerdo que todo rebotaba contra aquella muralla sin éxito en su intento por hacerla caer, y yo sonreía, sabiendo que nada podía con ella. Era perfecta, capaz de aislar y de mantener a salvo, y sus enemigos caían rendidos a sus pies, sin haber culminado su misión de tomarla.
Ahora, desterrada ya toda amenaza contra la que mantenerse alerta, no soy más que una fortaleza inexpugnable que ansía ser conquistada. Pero, cuando se abre una pequeña fisura, se activa el protocolo de protección y cualquier brecha se cierra de inmediato, regenerando sus paredes de hielo. Ahora yo, sentada en mi trono de espino, diosa de todo lo mío, veo que mi gloriosa creación no era más que una trampa. La reina del universo sin nombre deja deslizar lágrimas de resignación por no poder reducir al polvo del que vino ese asfixiante monstruo que la encadena al exilio, que la condena a la soledad eterna y que la ha privado a la par del sufrimiento y de su propia felicidad.
Este es el precio que he pagado por mantener intacto mi corazón, por seguir cuerda, por no dejarme abducir por la elipse de la oscuridad. Qué terrible destino haber sido rescatada de lo que dañaba para permanecer para siempre lejos, muy lejos, también de lo que es bello y cálido. Qué odiosa pérdida fue que con cada piedra que colocaba para afianzar esa frontera entre el mundo y yo poco a poco me fuesen extirpados los sentimientos, vaciándome por dentro de todo excepto de indiferencia y frialdad, atorándome al decir "te quiero" y convirtiéndolo en un nuevo tabú.
Pido perdón a los que alguna vez pasaron cerca y se dieron de bruces contra este escudo sin poder atravesarlo, pero qué más puedo decir: sus cimientos son demasiado profundos y sus muros altos en exceso. La mejor solución sería construir una puerta y abrir al público... aunque dudo que un montón de ruinas vacías sumidas en un gélido letargo tengan algo de interés turístico.

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